martes, 31 de diciembre de 2019

2019 - Mis tres libros favoritos

Sigo a un par de personas en Instagram que al terminar el año hacen alguna publicación en la que listan sus libros favoritos del año. Uno de ellos leyó más de 100 libros en 2019. Esta persona escribe, junto con su esposa, sobre muchos temas de interés general con un enfoque hacia los hombres y la masculinidad. Si quieren ver su lista de libros favoritos de este año, pueden hacer clic aquí. En la la otra cuenta se publican cosas superinteresantes de cine; sin embargo, sus recomendaciones culturales de libros, obras y música son también buenas. Pueden ver sus libros favoritos del 2019 aquí.

El hacer una lista de mis libros favoritos del año es una práctica que quiero iniciar y a continuación les diré mis tres libros favoritos del 2019. Mi lista es más fácil que la de estos dos sujetos, ya que no leí (¡por mucho!) tanto como ellos. El orden no es jerárquico.

1. Philosophy, pussycats & porn, de Stoya

Es un compendio de escritos en un estilo anecdótico y de, en algunos casos, reflexión de una mujer cuya vida pública ha girado en torno al sexo. Me gusta el estilo de la autora. Sus escritos son ágiles, directos y revelan un talento para la escritura del tipo ensayo muy desarrollado. Tuve que consultar muchas veces el diccionario, no tanto porque estuviera escrito en inglés, sino porque usa palabras no tan comunes para, al menos, los que leemos en este idioma que no es el que aprendimos desde pequeños. Más de un texto me dejó pensando y varios son los que me dejaron... digamos... excitado. Sí, encontrarán textos eróticos en un estilo que me atrevo a calificar de elegante. Aquí les dejo su cuenta de Twitter (@stoya) y el enlace a este libro en Amazon.

2. El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano

Disfruto mucho de este libro. Hablo en presente porque releo muchos de los microrrelatos que lo componen. De hecho, estoy grabando la lectura de mis relatos favoritos y quiero subirlos a alguna plataforma para compartirlos. Espero no tardarme mucho en hacer eso.

La escritura de Galeano es natural, sencilla y fantástica. Nos narra en pocas líneas situaciones tanto tiernas como atroces que nos son comunes en América Latina. Desde la ternura de unos niños fascinados con los dibujos que un extraño les dibuja en las manos y que los hacen poder tener, con ayuda de la imaginación, un reloj, hasta las terribles injusticias de las que sufren muchas personas bajo el abuso del poder. Situaciones ficticias, memorias, imaginarios, todo inspirado en una realidad palpable.

Es lo único que he leído de Galeano, pero quiero leer más.

Aquí pueden encontrar el libro.

3. Galileo, su tiempo, su obra y su legado; compilación de Luis F. Rodríguez y Silvia Torres

Este libro es un compendio de textos de divulgación sobre la vida y obra de Galileo. Los autores nos explican el contexto social, político y científico en que Galileo desarrolló sus estudios y aportaciones al conocimiento humano. Genio reconocido por muchos en su tiempo, pero que también se ganó enemigos poderosos que le impidieron trabajar con libertad y, quizás, aportar mucho más a la ciencia y a la ingeniería. Si les gustan los textos de divulgación científica e histórica, este libro les encantará.

Tengo una historia curiosa con este libro. Lo compré (usado, pero en excelentes condiciones) para darlo de regalo a una amiga por su titulación; sin embargo, por diversas circunstancias no coincidimos para esa fecha especial, ni parece que vayamos a volver a encontrarnos. Decidí quedarme el libro y ¡fue una estupenda decisión!

Aquí pueden encontrar este magnífico libro.


¿Cuáles fueron sus libros favoritos del 2019?

sábado, 19 de octubre de 2019

Eliud Kipchoge: ¡un superhumano!


La capacidad del ser humano es sorprendente, ya sea en forma de arte, de bondad, o fortaleza física y mental. Extraordinario ejemplo de ello es el keniano Eliud Kipchoge, quien el pasado 12 de octubre corrió un maratón por debajo de las dos horas. ¡Por debajo de las dos horas! ¿Por qué esto es algo sobresaliente? Bueno, daré un poco de contexto.

Un maratón es una carrera de larga distancia que consiste en recorrer 42 kilómetros y 195 metros. ¡42 kilómetros! Quienes tengan la costumbre de correr o quienes hayan intentado hacer una carrera de al menos 5 kilómetros entenderán el gran esfuerzo que representa lograr esta distancia. Bueno, pues hay personas que corren un maratón a un nivel que hace pensar que son seres de otro mundo.

En el caso de las mujeres, el récord mundial del maratón acaba de romperse el día 13 de octubre de este año, en Chicago, en pies de Brigid Kosgei, de Kenia, con un tiempo de 2:14:04 [1]. El récord anterior fue impuesto hace 16 años por Paula Radcliffe, de Gran Bretaña, con un tiempo de 2:15:25 [1]. Hablando de los hombres, en 1998 Ronaldo do Costa, de Brasil, impuso un nuevo récord mundial en 2:06:05, en Berlín. Veinte años y nueve marcas mundiales después, el récord corresponde a nuestro héroe de esta historia, Eliud Kipchoge, con un tiempo de 2:01:39, también en Berlín, el 16 de septiembre de 2018.

Veinte años tomó para pasar de dos horas y seis minutos a dos horas y un minuto. El acercamiento a la marca de dos horas ha sido lento y cada vez se consigue menos terreno ante el cronómetro. Con el pasar de los años, la marca de las dos horas se convirtió en un límite a superar, en un registro que inmortalizaría a la persona que lo lograra.

Eliud Kipchoge logró lo que se creía imposible y corrió la agotadora distancia en un tiempo de 1:59:40. Ese tiempo implica correr a un ritmo de 2 min 50 s por kilómetro. ¡Es un ritmo brutal! Es lo mismo que correr 100 metros en 17.2 segundos… ¡422 veces! Kipchoge, de 34 años de edad, ha demostrado una vez más que los seres humanos somos capaces de superarnos de maneras increíbles.

Este logro no puede ser reconocido como récord mundial, ya que Kipchoge tuvo ayudas que en una carrera ordinaria de maratón ningún participante tiene. Les explico. El evento del 12 de octubre fue organizado con el objetivo de lograr las condiciones ideales para que se pudiera romper la barrera de las dos horas: el keniano fue el único competidor; contó con la ayuda de liebres, es decir, corredores que se rotan y marcan el ritmo objetivo y que al estar en determinada formación minimizan el arrastre del viento sobre nuestro superhumano; un auto eléctrico que marcaba también el ritmo que debía mantenerse proyectando una luz láser en el suelo, y una ruta plana y recta en un 90 % [2].

Kipchoge es un monstruo: ha competido 11 veces en la prueba de maratón desde el 2013 y ha ganado 10 de ellas; es medallista olímpico, y ahora es la primera persona en correr 42 kilómetros en menos de dos horas. ¡Increíble!


Berlin Marathon 2015 Kipchoge, Eliud (KEN), autor: Denis Barthel. Licencia creative commons.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

La pequeña Lulú

Mario Kart, adoro este juego pero detesto perder. Me choca la risa burlona de mi primo. ¡Estúpida tortuga, cómo pudo alcanzarme! Van 5 carreras seguidas que me detiene justo antes de ganarle. ¡Me hace llegar al último! Lo odio. Fingí reír al principio, pero ya no puedo hacerlo más. Se burla, sabe que estoy furiosa por lo roja que estoy, seguro. ¡Hasta las orejas me queman! Quiero gritarle: ¡Cállate, deja de reírte! Pero sigo seria. No voy a reclamarle, no le daré el gusto. Un juego más. ¡Otra vez! ¡Estúpido niño consentido!

Me pongo de pie. Los músculos de mis brazos y piernas están tensos. Lo volteo a ver llena de ira. Su risa falsa y burlona cesa, mete su lengua y cierra la boca. Sabe que estoy furiosa.

¡NO! grita. Pero es muy tarde. Mi pie destroza su control de un pisotón. Su cara de asombro y enojo es... es... ¡magnífica! ¡Qué alivio! El calor en las orejas se ha ido. Ya no estoy colorada, casi puedo jurarlo.

¡¿Qué pasó aquí?! pregunta mi tía, quien subió al escuchar el barullo.

¡Lulú rompió el control, mamá!

No seas mentiroso le digo, tan tranquila y segura que yo misma me sorprendo. Tía, tú sabes cómo es él, no le gusta perder. Hizo un berrinche como de costumbre y rompió el control.

¡No es cierto! ¡Mamá...!

¡Cállate, Gerardo! Ya no digas mentiras. Ahora baja y ayúdame a servir la mesa para tus primos. ¡Y te quedas sin Nintendo un mes! Hasta que aprendas a controlarte. Hija, tú sigue jugando, aunque sea solita. En unos 10 minutos te bajas a comer. Y disculpa a tu primo, por favor.

No te preocupes tía, si quieres yo bajo a ayudarte.

No hace falta, juega un ratito más. Y tú, Gerardo, ¡muévete!

¡Pero, mamá...!

Con los años he aprendido que mi voz, mi tranquilidad y mi aspecto tierno e inofensivo son muy útiles. "No, mamá, al campamento no irán chicos." "Necesito la computadora nueva para la escuela." "Mi propuesta de proyecto para la empresa tiene muchas más ventajas, tanto técnicas como económicas, que la de Martínez." "Amor, él es solo un amigo."

David Leal

Photo by Sasha Nadelyaeva on Unsplash

viernes, 13 de septiembre de 2019

La pluma

Me reclino hacia atrás, agotada, y con un empujón de pies hago rodar la silla y me alejo del escritorio. ¡Qué calor! ¡Y aún me falta mucho trabajo! Necesito un masaje, pero estoy sola en casa. Un descanso al menos, eso sí puedo darme.

Mi mente y mi vista divagan, y entonces reparo en la pluma que él me regaló hace años. Me pongo a recordar.

Él llevaba esa pluma a todos lados.

—Me la regaló mi padre para que escribiera cartas y conquistara mujeres —me dijo, el muy fanfarrón, un día que salimos a tomar un café—. Y para que las llevara a la cama.

Lo cierto es que me convenció de salir con él por las notas que me escribía. ¡Chingada madre! Vaya que sabía qué escribir. Aunque, haciendo memoria, al principio eran muy inocentes sus recaditos. Bonitos, sí, pero bobos. Él no fue nada tonto. Si me hubiera escrito desde el inicio esas cosas que me escribía cuando ya había más confianza, lo hubiera dado por loco, por pervertido. ¡Pero sí era un pervertido! ¿Cómo decía uno de esos papeles? “Esta tarde quiero desvestirte lentamente, con pausas para caricias y besos. Mis manos te recorrerán sobre la tela y te susurraré cosas muy de cerquita, rozando mi lengua en tu oreja. Seguiré así, despacio, pero con apretones inesperados en tu pecho, en tu cadera. Deslizaré mi mano entre tus piernas, y mis besos atacarán tu cuello hasta que no soportemos más y te arranque la ropa y me hunda en tu humedad.” Algo así decía. Me escribió muchas más notas pero creo que ahora solo recuerdo eso. ¿Cómo estará él? ¿Se acordará de su pluma y de la última vez que la vio?

¡Ya recuerdo, no me la regaló, se la quité! ¡Ja, ja, ja! ¡Cómo se la quité!

Estábamos en la cama, recostados, medio abrazados, después del sexo y antes de más. Vi su pluma en la mesita junto a su cama. Me estiré sobre él para alcanzarla y aprovechó para jugar con su lengua en mi pezón.

—Así que esta pluma te la dio tu padre para conquistar mujeres y que te las cogieras, ¿no? —le dije como reclamo, bromeando—. Dime cuántas te ha conseguido.

Contestó con una risita nerviosa y dijo alguna tontería para escapar de la pregunta. No era un Don Juan. Dudo que haya tenido muchas otras conquistas previas a mí. Sin embargo, pensé en ese momento que no quería que le escribiera a ninguna otra mujer con esa pluma. Así que, jugando, le dije que me quedaría con ella para que no le escribiera sensualidades a nadie más. No se lo creía, sabía que bromeaba. Insistí y en algún punto me lo creí. Le dije que la pluma ya era mía. La puse entre mis labios y jugué con ella con mi lengua, recorriéndola. El muy tarado sonreía. Llevé la pluma poco a poco hacia abajo, acaricié mis pechos con ella; la bajé más, jugué con mis vellos y me detuve en mi clítoris. ¡Su cara! Lo puse tan cachondo que comenzó a masturbarse. Le dije que nunca volvería a ver esa pluma, que era mía. Metí un poco la pluma en mí. No soportó más y se lanzó sobre mí.

No recuerdo en qué momento guardé la pluma en mi bolso. Lo cumplí. Esa pluma no le escribiría letras a ninguna otra mujer.

Perdimos contacto hace mucho tiempo: ni un mail, ni un mensaje. Me gustaría saber qué ha sido de su vida. No estaba enamorada, pero lo quise mucho. Y qué rico se charlaba y se cogía con él.

¿Y si le escribo? Necesito distraerme del trabajo o me volveŕe loca. Me acerco al escritorio y busco en la computadora la dirección que alguna vez me compartió. Será la primera vez que yo envíe una carta por correo postal. Le escribiré con su pluma.


David Leal

domingo, 23 de junio de 2019

Permiterse una plática

Hace un par de días me di la oportunidad de conocer dos cenotes en Yucatán. El primero de ellos fue Yokdzonot. Este es un cenote de gran belleza, ubicado en la localidad del mismo nombre, en el municipio de Yaxcabá. Llegué a él por recomendación de Sudi, mi casera durante mi breve estancia en el pueblo de Pisté; yo quería visitar Ik-Kil, pero ella me sugirió conocer otro cenote, no tan popular, pero también muy bonito.

Les dejo aquí unas fotos del cenote de Yokdzonot.





Al día siguiente conocí el cenote Lol-Ha, en la localidad de Yaxunah, en el mismo municipio que Yokdzonot. También es un cenote de una belleza cautivante, y que, al no ser tan popular, permite conocerlo de forma un poco más íntima. Mientras estuve ahí también estuvieron unos muchachos, como de la edad de estar en la escuela secundaria, que se retaban a saltar de alturas cada vez mayores. Muy contento estaba yo disfrutando del espacio para mí solo, hasta que llegaron esos muchachos. Fue un poco molesta la interrupción del musical silencio que brinda el cenote, pero gracias a mis nuevos compañeros -que, por cierto, no hablaban español entre ellos- pude ver que se podía saltar al agua desde distintos puntos de los muros. No se me había ocurrido. No fui tan osado como ellos, pero al imitarlos pude disfrutar aún más.

Tuve que irme sin haber pasado más de 30 minutos desde que me zambullí por primera vez: el autobús que me llevaría de Pisté a Playa del Carmen saldría en pocos minutos.

Aquí unas fotos de Lol-Ha.





Para ir desde Yaxunah a Pisté, donde yo tomaría el autobús, uno tiene que esperar un taxi en una esquina solitaria (todo el poblado es muy tranquilo; se pueden contar los autos que pasan en una hora) y le cobra 30 pesos. Así fue como conocí a Filiberto, el taxista: un hombre como de unos 50 y tantos años, moreno, de cabello corto y con bastantes canas, y sumamente amable. Creo que yo inicié la charla:

—¡Qué calor!, ¿no?
Sí, está fuerte.

De ahí en adelante fue Filiberto quien llevó la conversación. Me preguntó que de dónde era, le dije que de Michoacán. Me dijo que él nació en Yucatán, no recuerdo el poblado. Me platicó también que no solo se dedica al taxi, sino que también siembra maíz, calabaza y jitomate; pero lo que recuerdo con singularidad fue que dijo, con una ligera sonrisa que le nació del corazón:

—También me dedico a las abejas.

En este punto yo había preguntado varias veces: "¿cómo?" Me costó trabajo acostumbrarme a su acento; además, el español no es su lengua materna sino el maya. En algún punto expresó que está consciente que él y los demás lugareños pronuncian muchas veces mal las palabras del español. Intenté decirle que eso no importa, que lo importante es que no se pierda su lengua materna; agregué que era bueno que la siguieran enseñando a los niños y que no se sintieran avergonzados de ella, como pasa con otros pueblos.

Me explicó con gran ánimo cómo se le hace para generar nuevas colmenas y cómo se forman nuevas reinas. Me decía con señas el tamaño impresionante que llega a tener una abeja reina. Le dije, asombrado, que yo nunca había visto una. "Es bonito", decía constantemente.

Es bonito. Me sorprende la naturaleza, yo no sé cómo hacen las abejas para juntar tanta miel me dijo. Sí se le saca a la miel. De un botellón se pueden hacer entre unos 2000 o 3000 pesos, según esté el precio de la miel.
¿Quién pone los precios?

Es aquí cuando me sentí mal por el esfuerzo de Filiberto y de las abejas. Me contó:

—El precio lo dan los que compran la miel: los señores que la venden a los que la exportan.

Filiberto no tiene mayor opinión sobre el precio en el que puede vender su miel. El precio de esta y la ganancia de Filiberto dependen de terceros, es decir, del mercado.

Filiberto es una persona feliz y lo transmite en una charla ligera con un desconocido. Este desconocido tuvo la fortuna de conocer a Filiberto, una persona amable, buena, generosa. Me dijo que ojalá yo regresara para que me pudiera obsequiar un litro de miel. Se apenó de que en ese momento ya no tuviera más. Ya había vendido su cosecha y tardaría meses en tener más.

—Ahí donde te subiste al taxi, en la contraesquina, la casa verde, esa es mi casa —me dijo—. Cuando vuelvas, pasa y toca la puerta para que te regale miel. Es bonito esto de las abejas.

Aprendí un poco sobre abejas y disfruté una rica charla con un desconocido. Todo por permitirme viajar y conocer, y por dejarme tener el tiempo y la atención de hablar con un extraño.