Mario Kart, adoro este juego pero detesto perder. Me choca la risa burlona de mi primo. ¡Estúpida tortuga, cómo pudo alcanzarme! Van 5 carreras seguidas que me detiene justo antes de ganarle. ¡Me hace llegar al último! Lo odio. Fingí reír al principio, pero ya no puedo hacerlo más. Se burla, sabe que estoy furiosa por lo roja que estoy, seguro. ¡Hasta las orejas me queman! Quiero gritarle: ¡Cállate, deja de reírte! Pero sigo seria. No voy a reclamarle, no le daré el gusto. Un juego más. ¡Otra vez! ¡Estúpido niño consentido!
Me pongo de pie. Los músculos de mis brazos y piernas están tensos. Lo volteo a ver llena de ira. Su risa falsa y burlona cesa, mete su lengua y cierra la boca. Sabe que estoy furiosa.
—¡NO! —grita. Pero es muy tarde. Mi pie destroza su control de un pisotón. Su cara de asombro y enojo es... es... ¡magnífica! ¡Qué alivio! El calor en las orejas se ha ido. Ya no estoy colorada, casi puedo jurarlo.
—¡¿Qué pasó aquí?! —pregunta mi tía, quien subió al escuchar el barullo.
—¡Lulú rompió el control, mamá!
—No seas mentiroso —le digo, tan tranquila y segura que yo misma me sorprendo—. Tía, tú sabes cómo es él, no le gusta perder. Hizo un berrinche como de costumbre y rompió el control.
—¡No es cierto! ¡Mamá...!
—¡Cállate, Gerardo! Ya no digas mentiras. Ahora baja y ayúdame a servir la mesa para tus primos. ¡Y te quedas sin Nintendo un mes! Hasta que aprendas a controlarte. Hija, tú sigue jugando, aunque sea solita. En unos 10 minutos te bajas a comer. Y disculpa a tu primo, por favor.
—No te preocupes tía, si quieres yo bajo a ayudarte.
—No hace falta, juega un ratito más. Y tú, Gerardo, ¡muévete!
—¡Pero, mamá...!
Con los años he aprendido que mi voz, mi tranquilidad y mi aspecto tierno e inofensivo son muy útiles. "No, mamá, al campamento no irán chicos." "Necesito la computadora nueva para la escuela." "Mi propuesta de proyecto para la empresa tiene muchas más ventajas, tanto técnicas como económicas, que la de Martínez." "Amor, él es solo un amigo."
miércoles, 18 de septiembre de 2019
viernes, 13 de septiembre de 2019
La pluma
Me reclino hacia atrás, agotada, y con un empujón de pies hago rodar la silla y me alejo del escritorio. ¡Qué calor! ¡Y aún me falta mucho trabajo! Necesito un masaje, pero estoy sola en casa. Un descanso al menos, eso sí puedo darme.
Mi mente y mi vista divagan, y entonces reparo en la pluma que él me regaló hace años. Me pongo a recordar.
Él llevaba esa pluma a todos lados.
—Me la regaló mi padre para que escribiera cartas y conquistara mujeres —me dijo, el muy fanfarrón, un día que salimos a tomar un café—. Y para que las llevara a la cama.
Lo cierto es que me convenció de salir con él por las notas que me escribía. ¡Chingada madre! Vaya que sabía qué escribir. Aunque, haciendo memoria, al principio eran muy inocentes sus recaditos. Bonitos, sí, pero bobos. Él no fue nada tonto. Si me hubiera escrito desde el inicio esas cosas que me escribía cuando ya había más confianza, lo hubiera dado por loco, por pervertido. ¡Pero sí era un pervertido! ¿Cómo decía uno de esos papeles? “Esta tarde quiero desvestirte lentamente, con pausas para caricias y besos. Mis manos te recorrerán sobre la tela y te susurraré cosas muy de cerquita, rozando mi lengua en tu oreja. Seguiré así, despacio, pero con apretones inesperados en tu pecho, en tu cadera. Deslizaré mi mano entre tus piernas, y mis besos atacarán tu cuello hasta que no soportemos más y te arranque la ropa y me hunda en tu humedad.” Algo así decía. Me escribió muchas más notas pero creo que ahora solo recuerdo eso. ¿Cómo estará él? ¿Se acordará de su pluma y de la última vez que la vio?
¡Ya recuerdo, no me la regaló, se la quité! ¡Ja, ja, ja! ¡Cómo se la quité!
Estábamos en la cama, recostados, medio abrazados, después del sexo y antes de más. Vi su pluma en la mesita junto a su cama. Me estiré sobre él para alcanzarla y aprovechó para jugar con su lengua en mi pezón.
—Así que esta pluma te la dio tu padre para conquistar mujeres y que te las cogieras, ¿no? —le dije como reclamo, bromeando—. Dime cuántas te ha conseguido.
Contestó con una risita nerviosa y dijo alguna tontería para escapar de la pregunta. No era un Don Juan. Dudo que haya tenido muchas otras conquistas previas a mí. Sin embargo, pensé en ese momento que no quería que le escribiera a ninguna otra mujer con esa pluma. Así que, jugando, le dije que me quedaría con ella para que no le escribiera sensualidades a nadie más. No se lo creía, sabía que bromeaba. Insistí y en algún punto me lo creí. Le dije que la pluma ya era mía. La puse entre mis labios y jugué con ella con mi lengua, recorriéndola. El muy tarado sonreía. Llevé la pluma poco a poco hacia abajo, acaricié mis pechos con ella; la bajé más, jugué con mis vellos y me detuve en mi clítoris. ¡Su cara! Lo puse tan cachondo que comenzó a masturbarse. Le dije que nunca volvería a ver esa pluma, que era mía. Metí un poco la pluma en mí. No soportó más y se lanzó sobre mí.
No recuerdo en qué momento guardé la pluma en mi bolso. Lo cumplí. Esa pluma no le escribiría letras a ninguna otra mujer.
Perdimos contacto hace mucho tiempo: ni un mail, ni un mensaje. Me gustaría saber qué ha sido de su vida. No estaba enamorada, pero lo quise mucho. Y qué rico se charlaba y se cogía con él.
¿Y si le escribo? Necesito distraerme del trabajo o me volveŕe loca. Me acerco al escritorio y busco en la computadora la dirección que alguna vez me compartió. Será la primera vez que yo envíe una carta por correo postal. Le escribiré con su pluma.
David Leal
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