Hace un par de días me di la oportunidad de conocer dos cenotes en Yucatán. El primero de ellos fue Yokdzonot. Este es un cenote de gran belleza, ubicado en la localidad del mismo nombre, en el municipio de Yaxcabá. Llegué a él por recomendación de Sudi, mi casera durante mi breve estancia en el pueblo de Pisté; yo quería visitar Ik-Kil, pero ella me sugirió conocer otro cenote, no tan popular, pero también muy bonito.
Les dejo aquí unas fotos del cenote de Yokdzonot.
Al día siguiente conocí el cenote Lol-Ha, en la localidad de Yaxunah, en el mismo municipio que Yokdzonot. También es un cenote de una belleza cautivante, y que, al no ser tan popular, permite conocerlo de forma un poco más íntima. Mientras estuve ahí también estuvieron unos muchachos, como de la edad de estar en la escuela secundaria, que se retaban a saltar de alturas cada vez mayores. Muy contento estaba yo disfrutando del espacio para mí solo, hasta que llegaron esos muchachos. Fue un poco molesta la interrupción del musical silencio que brinda el cenote, pero gracias a mis nuevos compañeros -que, por cierto, no hablaban español entre ellos- pude ver que se podía saltar al agua desde distintos puntos de los muros. No se me había ocurrido. No fui tan osado como ellos, pero al imitarlos pude disfrutar aún más.
Tuve que irme sin haber pasado más de 30 minutos desde que me zambullí por primera vez: el autobús que me llevaría de Pisté a Playa del Carmen saldría en pocos minutos.
Tuve que irme sin haber pasado más de 30 minutos desde que me zambullí por primera vez: el autobús que me llevaría de Pisté a Playa del Carmen saldría en pocos minutos.
Aquí unas fotos de Lol-Ha.
Para ir desde Yaxunah a Pisté, donde yo tomaría el autobús, uno tiene que esperar un taxi en una esquina solitaria (todo el poblado es muy tranquilo; se pueden contar los autos que pasan en una hora) y le cobra 30 pesos. Así fue como conocí a Filiberto, el taxista: un hombre como de unos 50 y tantos años, moreno, de cabello corto y con bastantes canas, y sumamente amable. Creo que yo inicié la charla:
—¡Qué calor!, ¿no?
—Sí, está fuerte.
De ahí en adelante fue Filiberto quien llevó la conversación. Me preguntó que de dónde era, le dije que de Michoacán. Me dijo que él nació en Yucatán, no recuerdo el poblado. Me platicó también que no solo se dedica al taxi, sino que también siembra maíz, calabaza y jitomate; pero lo que recuerdo con singularidad fue que dijo, con una ligera sonrisa que le nació del corazón:
—También me dedico a las abejas.
—¡Qué calor!, ¿no?
—Sí, está fuerte.
De ahí en adelante fue Filiberto quien llevó la conversación. Me preguntó que de dónde era, le dije que de Michoacán. Me dijo que él nació en Yucatán, no recuerdo el poblado. Me platicó también que no solo se dedica al taxi, sino que también siembra maíz, calabaza y jitomate; pero lo que recuerdo con singularidad fue que dijo, con una ligera sonrisa que le nació del corazón:
—También me dedico a las abejas.
En este punto yo había preguntado varias veces: "¿cómo?" Me costó trabajo acostumbrarme a su acento; además, el español no es su lengua materna sino el maya. En algún punto expresó que está consciente que él y los demás lugareños pronuncian muchas veces mal las palabras del español. Intenté decirle que eso no importa, que lo importante es que no se pierda su lengua materna; agregué que era bueno que la siguieran enseñando a los niños y que no se sintieran avergonzados de ella, como pasa con otros pueblos.
Me explicó con gran ánimo cómo se le hace para generar nuevas colmenas y cómo se forman nuevas reinas. Me decía con señas el tamaño impresionante que llega a tener una abeja reina. Le dije, asombrado, que yo nunca había visto una. "Es bonito", decía constantemente.
—Es bonito. Me sorprende la naturaleza, yo no sé cómo hacen las abejas para juntar tanta miel —me dijo—. Sí se le saca a la miel. De un botellón se pueden hacer entre unos 2000 o 3000 pesos, según esté el precio de la miel.
—¿Quién pone los precios?
Es aquí cuando me sentí mal por el esfuerzo de Filiberto y de las abejas. Me contó:
—El precio lo dan los que compran la miel: los señores que la venden a los que la exportan.
Filiberto no tiene mayor opinión sobre el precio en el que puede vender su miel. El precio de esta y la ganancia de Filiberto dependen de terceros, es decir, del mercado.
Filiberto es una persona feliz y lo transmite en una charla ligera con un desconocido. Este desconocido tuvo la fortuna de conocer a Filiberto, una persona amable, buena, generosa. Me dijo que ojalá yo regresara para que me pudiera obsequiar un litro de miel. Se apenó de que en ese momento ya no tuviera más. Ya había vendido su cosecha y tardaría meses en tener más.
—Ahí donde te subiste al taxi, en la contraesquina, la casa verde, esa es mi casa —me dijo—. Cuando vuelvas, pasa y toca la puerta para que te regale miel. Es bonito esto de las abejas.
Aprendí un poco sobre abejas y disfruté una rica charla con un desconocido. Todo por permitirme viajar y conocer, y por dejarme tener el tiempo y la atención de hablar con un extraño.
—Es bonito. Me sorprende la naturaleza, yo no sé cómo hacen las abejas para juntar tanta miel —me dijo—. Sí se le saca a la miel. De un botellón se pueden hacer entre unos 2000 o 3000 pesos, según esté el precio de la miel.
—¿Quién pone los precios?
Es aquí cuando me sentí mal por el esfuerzo de Filiberto y de las abejas. Me contó:
—El precio lo dan los que compran la miel: los señores que la venden a los que la exportan.
Filiberto no tiene mayor opinión sobre el precio en el que puede vender su miel. El precio de esta y la ganancia de Filiberto dependen de terceros, es decir, del mercado.
Filiberto es una persona feliz y lo transmite en una charla ligera con un desconocido. Este desconocido tuvo la fortuna de conocer a Filiberto, una persona amable, buena, generosa. Me dijo que ojalá yo regresara para que me pudiera obsequiar un litro de miel. Se apenó de que en ese momento ya no tuviera más. Ya había vendido su cosecha y tardaría meses en tener más.
—Ahí donde te subiste al taxi, en la contraesquina, la casa verde, esa es mi casa —me dijo—. Cuando vuelvas, pasa y toca la puerta para que te regale miel. Es bonito esto de las abejas.
Aprendí un poco sobre abejas y disfruté una rica charla con un desconocido. Todo por permitirme viajar y conocer, y por dejarme tener el tiempo y la atención de hablar con un extraño.





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