Mi vecina es una persona extraña y solitaria. No he visto fotos de familiares o amigos por ningún lado. Tampoco tiene mascotas. Vive sola. Y eso está bien, no es que una mujer necesite personas o mascotas para estar completa. Pero más que esos indicios de soledad me intriga esa rara habitación que alcancé a ver al fondo, frente al baño, cuando nos dirigíamos a su recámara. Si recuerdo bien, vi un muro con recortes de periódico pegados, con fotografías y texto resaltado con marcador.
Estamos en su cama. Admiro su belleza desnuda mientras duerme. Me levanto y camino hacia aquel cuarto. Mientras me acerco, compruebo lo que vi de reojo. Son noticias de diarios amarillistas acerca de homicidios; sangre, entrañas, rostros balaceados. ¿Qué es esto? ¿Por qué alguien querría guardar estas aberrantes imágenes?
Ella se levanta. Sabe dónde estoy. Se acerca despacio, con calma y me parece que quiere que yo sepa que me ha descubierto husmeando. Cuando llega junto a mí me dice: "Míralos, todos esos eran golpeadores de mujeres. Ya no lastimarán a nadie. La policía ni siquiera se imagina algo que me ponga en peligro. Creen que sus muertes se debieron a asaltos o por peleas entre borrachos. ¿Qué piensas, lindura?"
Sorpresa y miedo al principio, sentimientos que se esfuman y dan paso a la solidaridad. Comprensión justificada cuando se han experimentado en carne propia los abusos de un padre golpeador. Ahora es admiración que finalmente deriva en entusiasmo, entusiasmo por unirme a su campaña de justicia. Me vuelvo hacia ella, la miro a los ojos y suplico: “Déjame ayudarte con el próximo”. Nos abrazamos, nos besamos. Regresamos juntas a la cama.
- David Leal

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